Eduardo Verano de la Rosa
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Contrario a lo que mucha gente cree, la digitalización no reemplaza la capacidad de pensar; la potencia. Leer y comprender lo leído para aprender es el motor que cambia todo velozmente.
Hoy nos enfrentamos a una incertidumbre vibrante: no sabemos aún cuáles van a ser las habilidades requeridas en los trabajos del futuro, y por eso, el desafío de diseñar el aprendizaje correcto es mayúsculo y urgente.
Con esta premisa, asistimos al Foro Internacional de Alfabetización, Equidad y Futuro, invitados por el Ministerio de Educación de Brasil en representación de Colombia. Nuestra presencia allí no fue un acto fortuito; fue el reconocimiento a los avances que desde el Departamento del Atlántico hemos hecho con una convicción: la educación es el mayor factor de movilización social.
Lo clave, lo verdaderamente transformador, es garantizar el derecho a la alfabetización en la primera infancia (hasta los 5 años de edad).
La importancia de la lectura, la escritura y la formación matemática básica antes de los 7 años es insoslayable, porque es allí donde se abre el conocimiento y se fomenta la imaginación y la creatividad que el nuevo mundo demanda.
Las cifras en Latinoamérica son un llamado a la acción inmediata: solo el 55,7 % de los niños sabe leer y escribir a la edad adecuada. En Brasil, el 56 % de los alumnos de segundo año de primaria lee de manera eficiente; en Colombia, el 45 %. En México, el 75 % presenta rezago en alfabetización inicial y conocimiento numérico; en Argentina, el 46 % y en Chile, el 60 % tienen bajos niveles de comprensión lectora, y en Perú el 70 % de los escolares tarda hasta 7 años en adquirir habilidades básicas de lectura.
En este foro, construimos una visión compartida de educación integral para toda la región, buscando que los países compartan procesos para acabar con esta desigualdad.
Pero la formación de calidad no ocurre en el vacío. Entendimos que el proceso pedagógico debe estar respaldado por una infraestructura digna y poderosa que facilite el aprendizaje. Por eso, en nuestro segundo gobierno, construimos 21 Centros de Desarrollo Infantil (CDI) en zonas vulnerables. Estos espacios no son solo cemento; son ecosistemas de formación donde la arquitectura acompaña el proceso de alfabetización temprana, brindando seguridad y estímulo a nuestros pequeños.
Debemos garantizar herramientas de vanguardia, incluyendo la inteligencia artificial, para proporcionar una educación pertinente. Fue enriquecedor analizar casos como los de Brasil, Uruguay, México, Argentina, Chile y Perú. Todos coinciden en algo que en el Atlántico aplicamos con rigor: los sistemas de evaluación deben retroalimentar a las escuelas para hacer revisiones oportunas.
América Latina Unida por la Lectura es el gran proyecto que debemos consolidar. Necesitamos políticas que privilegien la formación de docentes para que tengan la capacidad de alfabetizar con creatividad, trabajo y dedicación.
Hay que leer para aprender, leer para recordar y leer para comprender. No es una destreza automática; es un diálogo que se cultiva en salones de lectura donde los niños racionalicen lo que ven.
La justicia social comienza con una educación de primera donde el niño entienda para qué leer; así se le abren universos enteros. La comprensión de lectura y la escritura deben ser, para siempre, un derecho de todos y no un privilegio de pocos.

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