jueves, 25 de junio de 2026

Abelardo, presidente electo, CNE. ¿Habrá Agenda Caribe?

Abelardo de la Espriella es el presidente electo de Colombia. Mediante la Resolución No. 3181 del 24 de junio, el Consejo Nacional Electoral (CNE) ratificó los escrutinios sin variaciones sustanciales: el candidato ganador amplió su ventaja en 624 votos e Iván Cepeda perdió 400. El resultado, sin embargo, no cierra un debate —lo abre: Colombia vuelve a reproducir el mismo ciclo de alternancia sin transformación, del sueño de la izquierda al retorno de la derecha, sin que ninguno de los dos polos haya roto los cimientos del orden existente.


La explicación de fondo es estructural. El país quedó atrapado en una dicotomía ilusoria en la que los sectores privilegiados consolidan su poder y las mayorías empobrecidas continúan marginadas, sostenidas apenas por una política focalizada en los pobres que es, en esencia, una política pobre. El gobierno de Petro no escapó a esa lógica: fue, en los hechos, una administración socialdemócrata de subsidios que no atacó los factores generadores de desigualdad. Esta es la explicación más honesta de la derrota del progresismo.


Las grandes transformaciones que justificaron cuatro años de mandato no ocurrieron. Tampoco se retribuyó el esfuerzo de la región Caribe, que en 2022 aportó el 30% de los votos nacionales que hicieron posible la elección de Petro. En esta segunda vuelta, fue de nuevo la región que más respaldó a Cepeda en todo el país, pero ese esfuerzo no pudo contener la avalancha abelardista que jugaba de local.


A tres días de la derrota, varias preguntas se imponen sin los sesgos del momento: ¿estamos ante el agotamiento de un ciclo o ante el inicio de uno nuevo? ¿Puede surgir un liderazgo alternativo a la hegemonía dominante? ¿Puede el Caribe dejar de ser cantera de votos del bogocentrismo de izquierda para convertirse en protagonista de esa transformación?


Cuando perder es ganar

La historia política reciente confirma que la dicotomía entre izquierda y derecha es engañosa —tal como se argumentó en el artículo Abelardo y Cepeda: ¿Cara o sello? Ni el proyecto de De la Espriella ni el de Cepeda representan una ruptura estructural con el orden existente, del mismo modo que no lo hicieron el Partido Liberal ni el Conservador durante más de un siglo de alternancia sin transformación de fondo.


El resultado nos conduce al mismo lugar: Colombia gravita, como el Perú, entre una izquierda dogmática y una extrema derecha, ambas integradas al sistema hegemónico dominante en el sentido gramsciano. El fenómeno Abelardo es la consecuencia directa del fracaso del llamado «gobierno del cambio». La narrativa ideológica sustituyó a los hechos; no hubo transformación estructural, no hubo ruptura. El gobierno de Petro se inscribió en la continuidad del Estado clientelista: un bando jugó al fracaso del otro, y la sociedad quedó atrapada en esa trampa.


En ese vacío puede surgir —en especial en el Caribe— un liderazgo capaz de canalizar el inconformismo frente a la bipolarización. La dirección política de la izquierda derrotada intentará sostenerse como alternativa apostando al fracaso de Abelardo. Pero el desafío real no es esperar el turno: es construir una tercería política que se desmárque del centro tradicional y opere como fuerza de transformación efectiva.


Los resultados

Las elecciones del 21 de junio fueron una derrota electoral y política. Quien escribe fue uno de los derrotados en la consulta presidencial del 8 de marzo, y conoce de cerca las consecuencias del poder monolítico concentrado en un caudillo que impartió la orden de no participar en la consulta del Frente por la Vida, fortaleciendo de facto la consulta uribista. Esa decisión no fue un error táctico: fue un acto antidemocrático que subordinó el proyecto colectivo del progresismo a un objetivo personalista. Con esa conducta, el jefe del petrismo selló su propia derrota.


Los comicios dejaron, con todo, hitos históricos: la mayor votación total registrada en Colombia, la más alta obtenida por un candidato de izquierda y la diferencia más estrecha entre el primero y el segundo lugar. Todo ello, expresión de la fuerza acumulada por Petro y el Pacto Histórico. Pero, sobre todo, de un progresismo que no vio otra alternativa frente a Abelardo.


Los números son elocuentes: Iván Cepeda obtuvo 12.708.312 votos (48,70%) y Abelardo de la Espriella alcanzó 12.960.166 (49,66%). La diferencia fue de 0,90%, poco más de 251.430 sufragios. Los escrutinios la ratificaron con una variación de apenas 0,0015% de los tarjetones depositados —una cifra inferior al promedio histórico desde la elección de Juan Manuel Santos. La victoria de De la Espriella era irreversible desde el preconteo.


Salir de la dinámica imperante

Mientras Abelardo proclamaba su victoria, Cepeda condicionaba los resultados a los escrutinios, recordando el carácter no vinculante del preconteo. Ese gesto anticipa lo que viene: Petro y Cepeda cabalgarán sobre el eventual fracaso de Abelardo, exactamente como éste lo hizo con Petro. Uribe, entre tanto, seguirá preparando la estrategia del próximo candidato presidencial.


La salida de esa dinámica requiere reconocer, primero, que el país no está dividido en dos. La polarización de ambas campañas instaló ese falso dilema. La Alianza por la Vida votó mayoritariamente por Cepeda, pero ese voto no es patrimonio del Pacto Histórico: pertenece a progresistas y demócratas que buscaban contener a la extrema derecha, no endosar un proyecto personalista.


La derrota del petrismo, leída con rigor, desmonta el mito de Petro como líder caudillista. Su gestión no cumplió con las expectativas de transformación que él mismo construyó durante su campaña y su larga trayectoria opositora. Crear una política para pobres no significa erradicar la pobreza. Desmontar el ESMAD no equivale a desmontar la violencia estatal. Crear el Ministerio de la Igualdad no equivale a reducir la desigualdad. El Pacto Histórico funcionó como apéndice del gobierno, no como organización con capacidad de trazar política autónoma. Cuando algunos de sus líderes criticaron al caudillo, salieron del seno de su gobierno.


El Caribe es el faro

El Caribe colombiano resistió la seducción del outsider De la Espriella. Cepeda ganó en primera y segunda vuelta en los ocho departamentos de la región. En la primera vuelta obtuvo 2,2 millones de votos —el 23% de su votación total y el 53% de los sufragios del Caribe. En la segunda, la diferencia a su favor en los siete departamentos de la costa (Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena y Sucre) fue de 848.886 votos: 2.930.249 contra 2.081.363 para De la Espriella. No fue suficiente para revertir el resultado nacional, pero la cifra revela una identidad política regional que no puede seguir siendo instrumentalizada por el bogocentrismo de izquierda. El Caribe debe sacudirse y dejarse de instrumentalizar.


La conexión de la región fue con el presidente Petro, no con el candidato Cepeda. Esa distinción importa. El Caribe votó con convicción propia, y esa convicción merece una agenda propia: una Agenda Caribe que ninguno de los dos proyectos en disputa —ni el de Cepeda ni el de De la Espriella— se atrevió siquiera a formular. Construirla es la tarea política de los liderazgos que emerjan de este ciclo.

Créditos: Vox Populi

Por: Lució Torres.




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